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Eran pinturas y esculturas europeas antiguas, principalmente españolas, más o menos importantes según su patrimonio. Pero el comienzo de lo que podríamos llamar coleccionismo en la Argentina, lo podríamos hacer coincidir con la llegada al Río de la Plata de los primeros “pintores viajeros”. Eran europeos, en su mayoría españoles, italianos y franceses de espíritu aventurero, que venían buscando nuevos horizontes.
Artistas que abarcaban todos los géneros, encontraron campo propicio para su desarrollo artístico y económico, sea enseñando a las jóvenes de la sociedad en las artes del dibujo y la pintura, sea ofreciendo sus servicios a las clases pudientes. No podemos dejar de lado que fueron ellos los maestros de los que serían los primeros pintores argentinos. Comenzaron pintando a las personalidades de la clase alta porteña y cumpliendo con los primeros encargues de cuadros para decorar sus residencias: escenas alegórica para decorar las salas, naturalezas muertas con piezas de caza y bodegones para los comedores, grandes cuadros de flores, etc....todo pintura de “pompiers”!!
Pero eran los símbolos del poder, y la necesidad de un inexistente abolengo los llevaba a inventarse nobles antepasados, militares de grado,..¡¡ de los que hasta encargaban retratos!!
A mediados del siglo XIX los criollos acaudalados comenzaron a viajar a Europa y a traer a su regreso muebles, servicios de mesa (a veces con sus monogramas, enlazados con cintas argentinas), mantelería, adornos y, por supuesto, piezas de arte; pinturas y esculturas de artistas medianamente conocidos y de importantes firmas, y, en estos casos,....casi todos falsos. Como los muebles, que eran comprados como “de época”.
Así estaban las cosas hacia fines del S. XIX, en que comienzan a llegar a Buenos Aires coleccionistas y “marchands” europeos que traían cajones y más cajones con cuadros y esculturas de la más variada índole. Alquilaban un gran local, imprimían un importante catálogo, grandes avisos en los diarios en los que se anunciaban fabulosos remates, que en oportunidades llegaban a durar meses!!. Según los catálogos eran obras provenientes de importantes colecciones,... como las “del Conde XX” o “la importante colección del Marqués NN que nunca ha salido del país”.
¡Basta hojear esos catálogos para encontrarse con los Franz Hals, los Murillo, Guido Reni, atribuciones de Tiziano, de Rubens...!!CASI TODO FALSO¡¡. También había obras de artistas menores, todos de la escuela clásica o neoclásica, pero con ausencia casi total de otras escuelas como la impresionista. De cualquier manera, no se puede negar que existía un espíritu de coleccionismo.
Estos “marchands”, siguieron llegando aproximadamente hasta la década del 30. Los terratenientes argentinos seguían viajando a Europa y trayendo bienes personales, entre ellos arte. Y se repetía lo anterior: les vendían falsificaciones y obras menores auténticas. Hoy, esas obras cuando pretenden ponerse a la venta, son motivo del asombro en primer lugar, y luego de la desazón para los herederos o propietarios.
Así están compuestas la mayoría de las colecciones de las familias pudientes de la Argentina, que –hasta ese entonces- había valorado todo lo que proviniese “de las europas”.
Mientras tanto nuestra pintura se había ido desarrollando y comenzaban las primeras exposiciones en las que se apreciaba el naciente arte argentino, cuyas figuras iniciales viajaban y se instalaban en Europa, para empaparse de las nuevas tendencias impresionistas, expresionistas, de la Escuela de París, y además asistir a las academias y a los talleres de afamados maestros del momento. Ese fue el recorrido de tantos maestros argentinos.
En la década del 20 ya había gente interesada en completar sus colecciones con el arte local. Aunque circunscripto a la clase alta, eran auténticos coleccionistas, conocedores de escuelas y tendencias que arriesgaban algún dinero en comprar Quirós, Fader, De la Cárcova, Sívori. En aquella época el principal aval de los artistas, era la consagración en los Salones Nacionales, y los potenciales compradores se volcaban hacia esos pintores.
Lenta, pero sostenidamente, fue creciendo el coleccionismo en nuestro medio, y hacia los ’50 ya había un firme interés.
Pero es recién en la década del ´60 y principalmente en la del ´70 cuando comienza a venderse –casi podríamos decir masivamente- la pintura argentina. Es en esa década donde nace un genuino espíritu coleccionista, en función de un razonable poder adquisitivo que fue estable hasta los primeros años del ’80.
En esa época el coleccionismo salió del ámbito de las personas acadauladas -que en gran medida aunaban el gusto personal con un espíritu inversor- para imponerse en clases medias y aún se podría decir sin exageraciones, casi modestas. Una pléyade de profesionales y comerciantes, comienzan a comprar cuadros de pintores en ese momento jóvenes, pero que se habían afianzado en función de la trayectoria que venían cumpliendo. En los primeros años del ’80, terminó esa etapa., empeoró la situación y comenzamos a asistir a los últimos estertores de nuestra vapuleada clase medía.
Sin duda, fue aquella una época genuina, la instancia en que el arte local penetró en sectores económicos medios, en la que en muchos hogares se colgó por primera vez un original.
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